sábado, 9 de mayo de 2009

DETRÁS DE LAS MÁSCARAS

Al igual que éste, un blog afin, “Mundo Facebookiano”, analiza también, pero desde otra perspectiva, el fenómeno de esta red social. Con un estilo anatómico-descriptivo, el artículo de presentación verifica los muchos avatares que el aspirante a usuario debe sortear para formar parte del sitio.
No voy a examinar aquí este blog, pero, con el propósito de justificar estas líneas, sí tomaré un tramo de un comentario que recibió el artículo en cuestión. El ocasional lector de “Mundo Facebookiano” anota:

“No coincido en nada con esta forma de pensar el fenomeno Facebook por varias cuestiones:La primera es que en paginas como Facebook uno no esta obligado a poner todos sus datos y mucho menos se exigen que esos datos sean verdaderos, uno puede poner lo que quiera en su perfil, yo por ejemplo no tengo casi ningun dato en mi perfil, seguramente puede contraargumentarse con una critica paradojal, en el sentido de que si uno puede mentir en su perfil, Facebook es criticable porque el encuentro que se propone desde Facebook seria ficticio, irreal, imposible y hasta una trampa, pero si Facebook tuviera una forma de obligar a los usuarios a dar los datos verdaderos, tambien seria criticable, porque pondría a la red en un opresivo lugar de control…”

Un sociólogo canadiense, Erving Goffman, publicó, en 1959, su obra más importante: “La presentación de la persona en la vida cotidiana”. En ella, plantea la la interacción comunicativa en términos de intervención dramática. Así, podrá hablar de actuante, actuación, fachada, auditorio, realización dramática, mantenimiento del control expresivo, etc. Explica:

“Debajo de toda interacción social parece haber una dialéctica fundamental. Cuando un individuo se encuentra con otros, quiere descubrir los hechos característicos de la situación. Si tuviera esa información, podría saber qué es lo que ocurrirá, y estaría en condiciones de dar a conocer al resto de los presentes el debido cupo de información compatible con su propio interés”.[1]

En este modelo de interacción planteado por Goffman, la mentira o falsa fachada, (que el autor llama tergiversación) se castiga con el desprestigio y la desconfianza infinita del auditorio. En otras palabras, el actuante (tanto el sincero como el falaz) tendrá siempre un especial cuidado en mantener la impresión que fomenta, a fin de que la discrepancia (si es que la hay) entre la apariencia promovida y la realidad no sea percibida por el resto. Y si es descubierto en una mentira incontestable, el actuante deberá atenerse a las consecuencias; verbigracia: soportar la hostilidad del auditorio. “Se sacó la careta”, podría decir el saber popular. En suma: ésas son las reglas de juego. Del mismo modo, rige el principio de que todo individuo que posee ciertas características sociales tiene un derecho moral a esperar que otros lo valoren y, complementariamente, que todo individuo que implícita o explicitamente pretende tener ciertas características sociales, deberá ser en realidad lo que alega ser. ¿Pero qué pasa en Facebook o en cualquier otra red social? Es evidente que imperan otras reglas de juego. Aquí, la falsa fachada no se censura, sino que se acredita y se sostiene desde un hipotético marco teórico que podríamos tildar de pseudo foucaultiano, ya que, en esa lógica, obligar a los usuarios a dar sus verdaderos datos (una actuación sincera, digamos, en términos de Goffman) “pondría a la red en un opresivo lugar de control”.
¿Ficción libre o lugar de control? Una paradoja, como bien observa el comentarista de “Mundo Facebookiano”. Quizá sea el resultado de medir a Facebook con parámetros que tienen vigencia sólo en la interacción social tradicional, cara a cara, no en el mundo aparencial de la red.
Nos han dicho y con razón que nunca hay que pasar por alto que, detrás de la red, hay personas. Es cierto: jamás hay que olvidar que, detrás de las máscaras, siempre hay personas.

Néstor Granda

[1] Goffman, Erving: La presentación en la vida cotidiana, Amorrortu, 1981.

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